¿No era más fácil cuando solo eramos luz?
Fuimos entes infinitos pululando por la nada.
Hazle una herida al río y recoge sangre,
el viaje es largo y estamos perdidos.
Nos apremia el destino de la eternidad,
nos impulsa con la rosa de los vientos
que siempre cuelga de su costillar.
Vamos solos y ciegos a ninguna parte,
tropezamos con la letal arena del reloj
y buceamos a su núcleo para investigar.
Como átomos nos rozamos o chocamos
brutalmente con nosotros mismos.
Nuestras curiosas ramas se acarician
suenan a sonrisas de un niño pequeño,
y se funden, se eliminan o pasan de largo.
La hermosa inocencia de solo tocarnos
la perdimos con el peligro de ojos humanos.
La inteligencia logró apagarnos y poner
mil nombres al mundo que rodeamos.
Pero conservamos el instinto de astro,
los rayos de nuestros padres nos siguen buscando.
Fuimos entes infinitos pululando por la nada,
y ha llegado la hora de volver a casa.
miércoles, 3 de abril de 2013
viernes, 22 de febrero de 2013
Fuegos artificiales
Fuegos
artificiales
estallan
en motas de polvo
en
su mirada.
Su
mente la habitan
las
musarañas.
La
boca entreabierta
intentando
tragarse el cielo
en
un silencio.
Por
su cerebro gravitan
tristes
recuerdos.
A
miles de años luz
parece
estar su cabeza
como
una estrella.
Hay
voces, fotografías
en
sus retinas.
A
cada segundo
la
respiración mengua
como
un cigarro.
Del
corazón quedan
solo
los posos.
El
pálido cuerpo
naufraga
en arena blanca
y
muda la piel.
lunes, 28 de enero de 2013
Planeta Tierra.
No podía dormir, no paraba de dar vueltas entre las mantas. Llegaron las cuatro de la mañana.
Aquellos extraterrestres que me sacaron de la cama tenían ocho ojos en cada lado de la cara.
Su piel era de un color azul fosforescente. Brillaba en la oscuridad como la luz del cartel de un afterhour.
Me llevaron cargado como un saco de patatas hasta su nave y me sentaron en un sillón de pieles de animales que yo juraría que no existen, al menos en nuestro planeta.
Me pidieron que dibujara mi mundo, y te dibujé a ti.
Aquellos extraterrestres que me sacaron de la cama tenían ocho ojos en cada lado de la cara.
Su piel era de un color azul fosforescente. Brillaba en la oscuridad como la luz del cartel de un afterhour.
Me llevaron cargado como un saco de patatas hasta su nave y me sentaron en un sillón de pieles de animales que yo juraría que no existen, al menos en nuestro planeta.
Me pidieron que dibujara mi mundo, y te dibujé a ti.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)